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Vine a Escocia para aceptar un puesto de trabajo en lo que aquí llaman “college of further education”, que es como una especie de educación de segunda calidad para quienes no superan las pruebas darwinianas de selección natural en los colegios británicos. No vine por codicia u orgullo, ni siquiera por vanidad, sino porque pensé que era lo correcto. Pensé que la vida me estaba ofreciendo una nueva oportunidad para crecer como persona, e impedir que el muro de hielo que me separa de los demás seres humanos se espese aún más.

 Dejé Devon el 7 de Octubre de 2007. Era una hermosa mañana de domingo, sin apenas nubes en el cielo. Me esperaban casi seis horas de viaje, 514 millas, unos 745 kilómetros de acuerdo a Google Maps. Comencé mi viaje mis suavemente, recorriendo casi sin mirar, pues me sabía las calles de memoria, la salida de Trelawny Road a Plymbridge Road, después The Ridgeway, la gasolinera y las últimas casas de Plymton hacia la autopista A38. No podía creerme que aquella era la última vez que hacía aquel camino, que ese viaje no iba a terminar, como tantos otros, en Totnes, Honiton o el aeropuerto de Bristol. Pero ya había dejado de tener casa, ya me había convertido de nuevo en un desterrado, así que sólo podía continuar hacia adelante.

Eran algo más de las nueve de la mañana, y no había apenas tráfico en la autopista A38. Ivybridge, South Brent, Buckfastlee, Newton Abbot, Ashberton…, pequeños pueblos de Devon donde sólo viven “white british”, pueblos silenciosos, de cottages pintadas en colores pastel ancladas en un pasado rural y benevolente. Al pasar la desviación hacia Totnes sentí una punzada en el corazón… Después siguió la autopista M5, donde el cielo se oscureció con alguna nube, símbolo visible de que me estaba adentrando en aguas desconocidas. Y más adelante, las terribles Midlands, con sus ciudades hacinadas y sucias, residuos de un pasado de carbón y codicia, de colliers alcoholizados y embrutecidos, carne de cañón para la Revolución Industrial. Birmingham, Stoke-on-Trent –de donde era Sweet Litlle Sally -, Liverpool, Manchester, miles de colmenas, cientos de hormigueros humanos, hileras de casas de cemento gris que se pierden en el firmamento. Y después, Lancaster, donde, gracias a la generosidad de mi familia, hice noche nada más y nada menos que en el hotel Holiday Inn.

La segunda parte de mi viaje transcurrió sin sobresaltos, porque una vez que uno llega a Cumbria y el Lake District, el viaje se transforma en un hermoso paseo. Y aquí estoy.

¿Hice bien en aceptar? Hice lo que creí correcto, y mi motivación era pura. Si me he equivocado, el tiempo lo dirá.