Estoy escribiendo este post en la biblioteca de la Universidad de Las Palmas, campus de Tafira, mientras espero que se mitige un poco el bochorno del sol africano (creo que la temperatura exterior debe ser de más de 30º C, ya que en estos días una ola de calor procedente del norte de África atraviesa la isla). Una vez más, la generosidad canariona me sorprende: para utilizar las computadoras de la biblioteca no necesitas password, ni siquiera estar matriculado en la Universidad. Lo único que te piden es que no “chatees” -como dicen español – y que no abras páginas de contenido racista o pornográfico, normas de sentido común por otro lado.

Llevo viniendo a Gran Canaria desde el año 2000. Aquí conocí a la mujer que más amé en mi vida, y siempre digo que es aquí donde me gustaría morir. No tengo patria, no tengo raíces, soy un nómada, asi que me dedico a tomar prestadas las patrias de los otros.

Conozco la isla como la palma de mi mano (bueno, casi) y aunque es la más explotada del archipiélago, tiene un encanto decandente y ramplón que siempre me fascina. Este año mi estancia ha sido un poco inusual porque pasé los tres primeros días en Playa del Inglés, y los tres siguientes en Santa Brígida, en el Monasterio de monjes benedictinos que existe en dicha localidad.

Para quienes lo ignoren, las Islas Canarias, y en particular Gran Canaria, es uno de los centros del turismo gay mundial. Y dentro de Gran Canaria, Playa del Inglés, en el sur, albergaba hasta hace pocos años uno de los distritos gays más pintorescos del mundo. Y enfatizo “albergaba”, porque he podido comprobar en este viaje que el panorama ha cambiado un poco en los últimos seis años. Los locales están dividos sobre este “turismo rosa”: algunos lo niegan categóricamente, otros están cansados de tanto extranjero maricón, y también están los oportunistas, que deciden sacar provecho de este tipo de turismo -normalmente con mayor poder adquisito que las familias heterosexuales -para poner tiendas de artículos especializados.

Dentro de Playa del Inglés, es casi una leyenda el centro comercial Jumbo, donde comenzaron a abrirse los primeros bares gays, allá a finales de los 80, principios de los 90 (no estoy seguro de las fechas, si las sabes, deja un comentario). Gracias al turismo, la permisividad sexual en el archipiélago siempre ha sido mayor que en la metrópoli. Mientras que la llamada “Ley de Peligrosidad y Rehabilitación Social” permitíía la captura y puesta en prisión de homosexuales en la península hasta 1979, las autoridades canarias hacían la vista gorda con las primeras parejas de homosexuales suecos o alemanes, que dejaban, al fin y al cabo, pingües propinas. Con los años, Jumbo se convertiría en una leyenda, y hoy día los bajos del centro están integramente ocupados por los “ciudadanos del arco-iris”, eufemismo tan estúpido como absurdo que no sé a quién coño se le habrá ocurrido.

Mi primera visita a Jumbo tuvo lugar en Noviembre de 2001. Por aquellas fechas, yo acababa de salir del armario, y como la cosa se me dio bien, y yo tenía entonces veintitantos años muy bien llevados (decían), y además estaba en el apogeo de mi belleza física (decían también), pues me creía que todo el monte era orégano, y comencé a frecuentar todos los distritos gays de las ciudades a las que visitaba. He decir en mi defensa que mi promiscuidad era más intelectual que física, ya que en esto sitios he conocido gentes de lo más interesantes dentro del bestiario humano, con las que es posible mantener una conversación de una cierta pretensión filosófico-metafísica, a diferencia de las conversaciones monosilábicas que tienen lugar en muchos bares heterosexuales.

Por aquella época, existía un pub maravilloso llamado “First Lady”, que se encontraba semiescondido en una de las esquinas de los bajos. El “First Lady” era propiedad de dos alemanas de Munich, ciudad en la que yo acabada de residir y que dejé para agenciarme un nidito de amor en Moya -Gran canaria – y vivir una pasión desaforada , pero que al final no pudo ser. Las alemanas eran ciclópeas, rubias como la cerveza, y hacendosas como caballos percherones, y yo que estaba sufriendo mal de amores en mi nidito solitario de Moya -y encima pagando mi alquiler religiosamente-pues me colgué de la barra del First Lady como un naúfrago se aferra a su tabla de salvación. Las alemanas se compadecieron de mí y me trataron siempre con cariño. Imagino que yo debí de parecerles una especie de cachorrillo triste y desangelado.

Otro gran aliciente del First Lady eran las camareras que las alemanas escogían, no todas necesariamente lesbianas, pero sí hermosas y comunicativas, supongo que para animarnos a consumir más con la maravillosa visión de sus pechos prietos y blanquísimos bajo la camiseta ajustada, y su conversación amable. Yo, por mi parte, siempre traté a las camareras con gran respeto y consideración, y jamás intenté proposarme. Recuerdo que me gustaba mucho hablar con una tal Claudia, también alemana, que ya no era joven, pero que aún se conservaba bien. Claudia alternaba su trabajo en el bar con su oficio de bailarina. Unos perdidos todos, que diría mi madre.

Pues bien, en este último viaje me doy cuenta de lo mucho que he cambiado y lo poco que tengo ya en común con aquella joven que quería lanzarse a experimentar después haber vencido sus prejuicios pequeños burgueses. El “First Lady” ya no existe, en su lugar se levanta un sustituto llamado “Jackie”, horrible y ruidoso. Nunca sabré que ha sido de Claudia, o si regresó tal vez a su Alemania natal.

Ya no me gusta ir a los bares gays, y cada vez soporto menos el ruido. De hecho, desde que vivo cerca de Edimburgo, apenas he pisado Calton Hill. Y este año me he perdido el famoso Beltane Fire Festival. Jumbo me parece ahora un sitio superficial y sucio, con homosexuales que parecen de diseño: -ropa cara, hermosos cuerpos bronceados – en lugar de gente normal. Parecemos un rebaño de ovejas promiscuas y asustadas.

Y en realidad los distritos gays no son más que los guettos donde nos refugiados para ocultar la ansiedad que nos causa nuestra anormalidad.