Me llamó poderosamente la atención el artículo que apareció el martes 13 de Mayo en el diario español ElPaís.com: un cartel a la entrada de la una franquicia informática en la localidad mallorquina de Alcudia prohibía explícitamente la entrada “a perros y rumanos”. El cartel como puede verse en la foto adjunta remata con una sentencia claramente ofensiva (no se sabe si para los perros o los rumanos) además de ortográficamente incorrecta:

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Los responsables de la tienda justificaron su conducta alegando que habían sido robados por un grupo de rumanos el viernes anterior. Anécdotas aparte, lo cierto es que episodios como éste tienden a ser cada vez más frecuentes en España, nación por excelencia de emigrantes – con “e” como en la famosa canción de Juanito Valderrama –, y que ahora, merced a los fondos de cohesión de la UE, a la especulación urbanística y el pelotazo financiero se enfrenta al fenómeno de la inmigración masiva –con “i” como en los panfletos patrióticos del muy ilustre partido (español) “Democracia Nacional”.

Se calcula que actualmente existen en España unos 2,59 millones de inmigrantes regularizados, de acuerdo al último censo de Europa Press. El número de inmigrantes ilegales, según las estimaciones del presente Gobierno, se extiende a un millón. Mucha de esta inmigración ilegal procede de países de Europa del Esto, entre ellos Rumanía. Personalmente, sí creo que el país ha cambiado en los 10 años que llevo fuera. En particular, en los últimos cinco años he podido constatar esta afluencia de mano de obra extranjera en grandes ciudades como Madrid y Barcelona. No es de extrañar que, con estas cifras, comiencen a surgir los primeros brotes xenófobos en un país que hace tan sólo 50 años, enviaba masas de emigrantes semianalfabetos a Francia, Alemania, Australia, Argentina o Venezuela.

El director mexicano Guillermo del Toro dijo en una entrevista a la BBC que España era un país curioso, que llevaba 20 años de retraso con respecto al resto de Europa. No es de extrañar que este retraso se aplique también a la formación de partidos “para la salvación nacional”, y demás patriotismo barato, tipo “Le Front National” de Jean Marie Le Pen en Francia, o el casi extinto ahora “National Front” de Tom Holmes en el Reino Unido.

En España, el partido que canaliza el brote xenófobo se llama “Democracia Nacional”, formación de oscuros orígenes cuya divisa “Los españoles primero”, recuerda notablemente el famoso “Britain for the British” que los activistas del National Front hicieron tristemente famoso en los disturbios raciales del Reino Unido a finales de los 80.

Democracia Nacional inició una fuerte campaña de movilización ciudadana en el invierno de 2007, bajo lemas tales como “contra la escoria que viene de fuera”. Lo verdaderamente curioso es que algunas de estas manifestaciones fueron autorizadas por la Delegación del Gobierno de Madrid (feudo del partido conservador), si bien el lema original fue convenientemente sustituido por el más genérico de “contra la inseguridad ciudadana”.

Ahora bien, sería injusto incluir a todos los españoles en la línea de simpatizantes de Democracia Nacional, pues también son numerosas las organizaciones que se oponen abiertamente al ideario de la misma. Cabe aquí citar el asesinato del joven activista de izquierdas Carlos Palomero, en Noviembre de 2007, cuando acudía a una concentración antifascista como réplica a la de Democracia Nacional.

Los detractores de la inmigración en España acusan a los extranjeros del incremento de la inseguridad ciudadana, donde las bandas de delincuencia organizada procedentes de Rumania o Colombia se encargan de perpetrar crímenes de una violencia inusitada para el país. También denuncian a los inmigrantes como responsables de la precariedad del empleo y la degradación de los servicios públicos como la sanidad o la educación.

Cuesta trabajo no echarse a reír a la vista de tales argumentos, sobre todo considerando que en España no es, ni ha sido nunca precisamente un país plácido ni de una elevada calidad de vida como Suiza o Dinamarca. En primer lugar, España es  de hecho un país violento como lo demuestra nuestra historia. Compartimos el triste honor, junto a Estados Unidos y los Balcanes, de contar con una guerra civil en nuestro haber histórico. Somos el único país europeo que dispone de grupo terrorista autóctono. Con Alemania compartidos también el triste honor de haber perpetrado un genocidio a escala mundial: primero as Islas Canarias y después America. En las primeras, de acuerdo a la recopilación de las crónicas de Le Canarien, realizada por los investigadores P. Bontier y Jean Le Verrier (1960), cuando la primera expedición de Jean de Bethencourt desembocó en el archipiélago, el número estimado de pobladores guanches era de 30.000, población prácticamente extinta en el año 1500 como consecuencia de las guerras de conquista, la esclavitud o y las epidemias.

Con respecto a la conquista de América, La obra de historiadores Néstor Meza (“Estudio sobre la conquista de América”, 1992) o Benjamín Vicuña Mackenna (“La era colonial”, 1974), entre otros, recoge que durante la conquista de Chile, al tomar una aldea mapuche, los conquistadores españoles separaban a los hombres –incluyendo también a niños de corta edad – de las mujeres. Los primeros eran encerrados en una choza y quemados vivos, las segundas violadas. Así se fue poblando América de mestizos. Los testimonios históricos de genocidio étnico en América durante la era colonial son innumerables, pese a las leyes que Carlos V y Felipe II dictaban desde la metrópoli.

En relación a la segunda parte del argumento más común contra la inmigración –la degradación de los servicios públicos –, debe decirse que la educación y sanidad públicas sólo fueron una realidad para todos los españoles a finales de los 70, es decir al menos 20 años más tarde de lo que ocurrió en el resto de Europa, como dijo Guillermo del Toro. Por citar un ejemplo en cuanto a educación se refiere: en su artículo “Repaso a Cien Años de Educación en España (Parte II)”, Angel Gutierrez Sanz recuerda que el índice de analfabetismo en España con la llamada Ley Moyano, anterior a la Ley General de Educación en 1970, era del 75%.

A la vista de tales hechos, quiero concluir aquí que la inmigración en España no es en modo alguno responsable de los males y las carencias sociales que el país viene arrastrando desde su constitución como Estado. Las bandas de delincuencia organizada se limitan simplemente a aprovecharse de la ineficacia de nuestras fuerzas policiales, así como de la falta de recursos humanos y medios materiales de que adolecen, para hacer su agosto en el país. De modo que, si se quiere luchar contra esta delincuencia, tal vez deberíamos aprender a mejorar primero la eficacia de nuestra policía en lugar de poner bajo sospecha a todo el que viene de fuera.

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Los inmigrantes en España no hacen nada que los españoles no hayan hecho en otros países: también nosotros fuimos sin trabajo, sin papeles, sin educación y sin cultura cívica alguna a América para enriquecernos de la forma más rápida posible. Con la única diferencia que los inmigrantes vienen ahora a realizar los trabajos que los españoles no quieren realizar, y nosotros fuimos a sus países para robar, masacrar, violar y torturar impunemente.

Ojalá que algún día sea cierta la frase de que “vivimos en un mundo sin fronteras” para las personas y las ideas, y no simplemente para las inversiones financieras.

¿Y tú qué opinas?, ¿eres extranjero en España?, ¿has sufrido situaciones de racismo o xenofobia?… Compártelas aquí.