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El sábado pasado fui a ver la película de “ Indiana Jones and the Kingdom of the Crystal Skulls ” en Edinburgo (era eso o quedarme en casa programando phps para Moodle, pero fijáos cómo estaré de aburrida). La verdad es que fui porque Indiana Jones era uno de los héroes de mi adolescencia, allá en los 80s. Cómo tantos otros desgraciados de mi generación, mis veranos transcurrieron en un pueblo de la sierra de Madrid, de cuyo nombre no quiero acordarme, y dónde había un cine de verano adosado a la casa parroquial. Por supuesto, el videocasete arruinó al único cine del pueblo, y hoy día está derruido. Es la primera vez que iba a un cine comercial en Edimburgo, ya suelo ir sobre todo a FilmHouse (sede del famoso Festival Internacional de Cine que la cuidad celebra a finales de Junio) y a Cameo. Me gustan los sitios alternativos y cutres (como Cameo, FilmHouse esta limpio, no obstante).

Sólo en la primera semana, la película ha recaudado 126 millones de dólares en los Estados Unidos, y ciertamente llena los cines en el Reino Unido, aunque nadie se ha molestado en contar la recaudación todavía. En sí misma, la película es espectáculo puro y duro, pero nada más, no tiene “enjundia” de ninguna clase. A los que les gustaron las películas anteriores, ésta les va a encantar. Por el contrario, si no le gustaron las anteriores, mejor no gaste su dinero en esta.

SPOLIER: Reflexiones lírico-lúdico-metafísicas sobre la película (si no quiere conocer la trama, no siga leyendo)

Han transcurrido dos décadas desde que Indiana Jones ayudara a Dad Connery a buscar el Sagrado Grial. Estamos en plena guerra fría (1957). No sé sabe cómo pero, en pleno desierto de Nevada y en una instalación ultrasecreta, un grupo de soldados rusos ha conseguido introducirse disfrazados de soldados norteamericanos. La película comienza con una escena aclamadísima por la crítica norteamericana, que sin embargo, sólo lleva a pensar: y por qué en las anteriores películas nunca se le cae el sombrero a Indy?, y a quién le importa que a Indy se le caiga el sombrero después de todo?…

La trama puede resumirse como siempre: India Jones escapa de los baddies -esta vez los soviéticos-, conoce a su némesis en la forma de una medium- seudocientífica rusa, Irina Spalko (magnífica Cate Blanchett), sobrevive a una explosión nuclear nada menos, conoce a su hijo (Shia LeBouf, de quien se dice que podría ser el sucesor de Harrison Ford en la próxima entregra), se reencuentra con el personaje de Karen Allen (la chica Indy en “Raiders of the Lost Ark), viaja al Peru (andino y amazónico) en busca de una calavera de cristal, que además está relacionada con el mítico ElDorado de los conquistadores españoles; y termina sin comerlo ni beberlo en una ciudad perdida – llamada Akator -, donde aguarda un encuentro en la tercera fase con seres alienígenas que, mira por donde, guardan relación con el famoso incidente ovni acaecido en Roswell, Nuevo México.

Por supuesto, al final de la película, el personaje de Cate Blanchett muere después de haber pronunciado las orgásmicas palabras: YES, YES, I WANT TO KNOW, I WANT TO KNOW…!!! (claro, no estaba preparada ella para tanto conocimiento). Indy y todos los goodies se salvan.

Aunque el sentido del humor es excelente, y las escenas de acción se suceden en un entramado sin fisuras, los errores históricos y geográficos de la película son garrafales:

  • Los escenarios peruanos, tanto en Nazca como en Iquitos, son inverosímiles de acuerdo al Correo de Lima.
  • Francisco de Orellana, conquistador mencionado en la película, nunca viajó a Nasca, con lo cual es improbable que su cadáver terminara en la cripta secreta de dicha ciudad. Pero sí es cierto que en 1541 participó en una expedición conjunta con Gonzalo Pizarro remontando el Amazonas en busca de la mítica ciudad (Por cierto que Indy dice la palabra “conquistador” en español, en la versión original)
  • Akator, la mítica ElDorado, se localiza cerca de la ciudad de Iquitos en la película, en la selva amazónica peruana, cuando siempre se la ha localizado siguiendo el curso del río Marañón.
  • Por último, el lenguaje con el que se comunican los seres alienígenas super avanzados es… MAYA!, un lenguaje precolombino propio del México central, pero que no tiene nada que ver con el quechua hablado por los Incas.

Sobre la existencia de la mítica “calavera de cristal”, hay un líbro magnífico de Chris Morton y Ceri Louise Thomas (The Mystery of the Crystal Skull), que recoge una exhaustiva investigación sobre las mismas: al parecer existieron 13 calaveras de cristal (de las cuales se conservan 2 o tres) dadas por los dioses a los hombres en el principio de los tiempos. Dichas calaveras serían como una especie de computadora holográfica donde está contenida toda la historia de nuestra civilización. Pero eso, como dijo Michael Ende, es ya otra historia…