Como cada vez dispongo de menos tiempo para escribir mi blog (aunque presiento que después de los exabruptos que estoy soltando delante de mi manager, voy a disponer de todo el tiempo del mundo pronto…) deseo expresar mi total solidaridad con Ingrid Betancourt y su familia.

Ninguna causa política o social justifica el privar a un ser humano de su libertad. Repito: ninguna.

Quizás el mejor testimonio del calvario al que se vio sometida Ingrid sea reproducir aquí las cartas que escribió a su madre, cuando perdió las esperanzas de seguir viviendo. Dichas cartas han sido tomadas de “ElPaís.com”:

Estoy, mamita, cansada, cansada de sufrir. He sido, o tratado de ser fuerte. Estos casi seis años de cautiverio han demostrado que no soy tan resistente, ni tan valiente, ni tan inteligente, ni tan fuerte como yo creía. He dado muchas batallas, he tratado de escaparme en varias oportunidades, he tratado de mantener la esperanza como quien mantiene la cabeza fuera del agua. Pero mamita, ya me doy por vencida (…)”.

“La vida aquí no es vida. Es un desperdicio lúgubre de tiempo. Vivo, o sobrevivo, en una hamaca tendida entre dos palos, cubierta con un mosquitero y con una carpa encima, que oficia de techo, con la cual puedo pensar que tengo una casa. Tengo una repisa donde pongo mi equipo, es decir, el morral con la ropa y la Biblia que es mi único lujo“.