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Camino de nuevo por las aceras de la Gran Vía una tarde cualquiera de mediados de Septiembre, y el calor polvoriento y sucio de Madrid, y la luz tan diáfana me hacen cerrar los ojos, y maldecir el momento en que me dejé las gafas de sol olvidadas en la guantera de mi carro, en el aeropuerto de Edinburgo.

Nada ha cambiado, y sin embargo, todo me parece diferente. Y me doy cuenta de que ya veo las cosas como un extranjero, y el sol y el calor de España me parecen  los de un país africano. Me maravilla y entristece a un tiempo que una tarde cualquiera de Septiembre los termómetros marquen casi treinta grados a las siete de la tarde, y el sol  permanezca perpendicular en el firmamento, porque sé que a esta misma ahora el sol ya ha dibujado en Escocia su perfecta semicurva elíptica y se está alejando irremisiblemente en su camino hacial el ocaso. Y digo “me entristece” porque- oh, herencia calvinista de mis antepasados eurpepos -me gustaría que España fuera un país donde se trabajara más y se hiciera menos vida social

Sigo caminando hacia la Plaza de España, donde aún permanecen las estatuas de Don Quijote y Sancho; las mismas estatuas en las que los novios pobres de provincias de los años 60 se hacían fotos, y en las que hoy ya no reparan ni los turistas japoneses.  En los cines se proyectan los mismos éxitos internacionales que pueden encontrarse en cualquier capital del mundo, convenientemente doblados al español.

Pienso en la primera vez que visité Madrid, cuando comencé a ir a la Universidad Politécnica  Hasta entonces, yo sólo me había aventurado a visitar la calle Princesa, para ir de compras con mi madre y mi hermana, como tantos provincianos, y a alguna que otra excursión a los museos con el colegio. Mis compañeros de Universidad me enseñaron la ciudad. Eran en su mayor parte, madrileños hasta la médula. No  podían concebir la vida fuera del piso de Madrid en que se criaron y crecieron, ni podían concebir otra vida al terminar la carrera que no fuera trabajar y comprarse un piso en la única ciudad en la que han vivido. No podían entender que yo me hubiera criado sin escuchar otro ruído por las noches que el canto de los grillos en el jardín. Nunca habían visto un atardecer que no estuviera enmarcado entre edificios, ni escuchado un silencio puro, no contaminado por las voces ni el olor de otros seres humanos.

Bajo Princesa hacia el Ejército del Aire donde-espero- que aún siga estando el Intercambiador de Moncloa, el mismo en que mi primer novio me esperaba al pie de las dársenas en las tardes asfixiantes de los veranos universitarios, y en el que nos despedíamos como desesperados cada noche, como si no nos fuéramos a ver nunca más.

Observo a la muchedumbre sin rostro que se hacina en las aceras: señoras con el pelo teñido y entradas en carnes que siempre van acompañadas por sus maridos u otra amiga, y hablan a gritos por el móvil; jovencitas de andares lángidos, elegantes, sosteniéndo las bolsas de algunas de las tiendas de ropa de Princesa; sudamericanos de rostro indianado y moreno; turistas nórdicos que van vestidos como para ir a la playa, sudando como yo osteniblemente, e imaginado España-como imagino yo -como el país perfecto para vivir sin dal golpe, en unas vacaciones eternas.

Diez años ya… Demasiado tiempo como para pensar en España y Madrid no ya con esa furia sorda, como si fueran la muralla china contra la que habrían de estrellarse todos mis sueños, sino con una serena y tranquila aceptación. Porque como dijo Antonio Muñoz Molina, uno no tiene más que una patria, por mucho que reniege ella, por mucho que se haya avergonzado de ellal; por mucho que su recuerdo le haya envenenado el alma.

Porque al final, como decía mi amiga Julie -la única amiga “femenina” que tengo-, todos los países son lo mismo, con sus cosas buenas y sus cosas malas. Son las personas y las vivencias que tenemos en ellos los que los convierten en lugares maravillosos, u otros que querríamos olvidar. Porque al final, por muchos años que haya vivido en él, uno no ve nunca un país, ni adopta una cultura o unas costumbres.

Lo que ve y lo que experimenta es su propio estado de ánimo reflejado sobre el paisaje y sobre las personas.

Y por mucho que pongamos tierra de por medio, nuestros demonios interiores siempre viajan con nosotros.